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    El Profeta del Puente (Spanish Edition)

    Por Constantine Abazis

    Sobre

    Era un día de manifestaciones. El restaurante estaba en el corazón de Westminster. Sin embargo, la pizza del menú ya era, en parte, una declaración de intenciones.

    Saludos. Un sudoroso apretón de manos, una amplia sonrisa. Después su móvil. El índice y el pulgar pedían un momentito. Nadia Alenis, con chándal rojo, adecuado para un par de horas de gimnasio pero no para una primera cita, sentía el impulso de marcharse desde el primer momento.

    Sin embargo, se sentaron. Y pidieron. Ella escuchó el apasionado relato de su reunión en la City y la importante labor que estaba desarrollando el fondo de inversión en cuestión. Algo así como somos lo que elegimos o, nuestras elecciones nos hacen ser lo que somos. Tranquilo. Decidido. Seguro. Aburrido. Nadia odiaba a su padre por aquella cita. Ella también se enfrentaba a sus propias elecciones en forma de menú. Eligió. Ya no era la hija de un armador, era una pizza leggera margherita de masa fina, una insalata semplice y unas olive marinate.

    Fuera, empezaba a concentrarse un grupo de estudiantes. Había mucha gente. Insultaban a Nick Clegg. La escena sirvió de pretexto para que él mostrara sus propias cartas –oh sí, claro que le importaba, le importaba un bledo–. Un perfecto telón de fondo surrealista para aquella cita a ciegas.

    Desde la mesa vio algunas pancartas que ardían frente a Millbank Tower. La
    manifestación se estaba convirtiendo en una escaramuza. Varios jóvenes pintaban las paredes con espray, mientras otros arrancaban las cámaras de seguridad de los soportes. El sonido de los tambores se fundía con el griterío, algunos les quitaban las gorras a los policías y se las ponían en la cabeza sin dejar de bailar. Todo el mundo se hacía fotos con el móvil. Los eslóganes ganaron en agresividad tras el ataque al acceso de Millbank. Aparecieron los primeros gases lacrimógenos.

    Pese al tono que adquiría la protesta, la cita de Nadia mantenía la compostura, intentando tranquilizarla con sus argumentos: “…porque nosotros somos el sistema… lo que no entienden todos estos es que… tendremos que cambiar todos juntos… el sistema somos nosotros…”. De repente, se levantó de la silla, y lo dejó plantado con los aperitivos encima de la mesa.

    Fuera, en la calle, los disturbios se intensificaban. Nadia se unió a la riada de estudiantes, en dirección a la entrada de Millbank Tower. Un grupo de jóvenes enfurecidos intentaba cruzar la delgada línea de policías. El ventanal estaba hecho añicos. Se aproximaban refuerzos con policías a caballo. Según la prensa, los caballos de la policía iban a ser los primeros en sufrir los recortes de presupuesto, pero allí estaban elegantes y disciplinados. Sin embargo ¿quién podía estar preparado para tanto odio? La situación parecía descontrolarse por momentos.

    Un hombre llamó la atención de Nadia. Estaba enfermo. Tenía la cara
    chupada, un hilo de baba caía de su boca, su piel se veía pálida y mortecina. ¿Qué hacía allí?
    –¿No lo ves? –preguntó él–. ¿No lo ves?

    Nadia lo veía. Lo veía todo. No podía apartar la vista de él. Llevaba un traje de tweed, una cartera cara colgaba de su mano, como si acabara de salir de la oficina para comer. Pero estaba muy enfermo, y sus ojos se esforzaban para poner de manifiesto su agonía.
    –¡Nadia! –escuchó tras ella.

    Su cita era insistente. Instintivamente, Nadia intentó esconderse. Avanzó
    hacia los policías a caballo. No era una buena idea. Los manifestantes,
    indignados por los gases lacrimógenos, se agarraban a las riendas de los caballos y tiraban a los agentes al suelo.
    –¡Nadia!

    Un caballo se acercaba a ella. Ni rastro de su jinete. Nadia decidió hacerse con él.

    Subió al caballo sin dar crédito a lo que ocurría. Salió de Millbank y enfiló Marsham Street sin dejar de preguntarse, ¿Pero cómo es posible? ¡Nadie me para! A la altura de Westminster Abbey dejó de preocuparse. El caballo estaba mucho más relajado. Confiaba en ella.

    (Fragmento del Cap. 1)
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