Literatura en el límite, libro breve y extraño -acaso como la propia vida-. Esta historia es un viaje que transcurre durante diez jornadas. En permanente búsqueda o al acecho, la actitud venatoria es la metáfora de una incursión que traza una cartografía en todos sus órdenes -social, político, moral y estético, apuntando hasta la posible componenda del amor que todo lo reúne en sí mismo como reconciliación máxima-. Los hitos de esta peripecia, como en cualquier aventura, se fijan en una tensión no fácilmente definible -un equilibrio violento, una armonía que nace necesariamente del movimiento-.
He aquí un viaje interior que también recorre el imponente mundo. Diez breves capítulos de soledad y silencio. El camino aquí seguido, con su ritmo en prosa, retorna al originario juego poético del lenguaje: azar que ilumina y descubre el mundo a la vez que lo busca y lo nombra. Memoria, presente y futuro; lirismo frente a épica, así como un cazador tras su presa, podrían ser algunos de los símbolos que aparecen como partes de un mismo viaje constitutivo.
Nada comparable a la determinación, la firmeza de un cazador en el bosque. Ahora bien, esta deliberada y decidida voluntad, guiada por la audacia, no libera la condición humana de su dependencia; es decir, la necesidad primitiva de cazar para alimentarnos fue, en términos físicos, una de las primeras manifestaciones sustantivas del hombre, que abre y trata de ordenar (dominar) el curso del tiempo. El cazador es uno de los primeros hombres metafísicos.
Todos y cada uno de nosotros saldamos cada día, bajo nuestros límites y deseos, una deuda con el tiempo. El final del viaje, el descanso nocturno, el sueño reparador, la recompensa antes de volver a casa, son algunas de las ilusiones que consuelan nuestra desnudez, razones o justificaciones para el imperativo del sentido último. Decimos que el cazador cobra la presa cuando, tal vez, debiéramos decir que el cazador es consumido, cruelmente en ocasiones, por la misma búsqueda de su trofeo.
He aquí un viaje interior que también recorre el imponente mundo. Diez breves capítulos de soledad y silencio. El camino aquí seguido, con su ritmo en prosa, retorna al originario juego poético del lenguaje: azar que ilumina y descubre el mundo a la vez que lo busca y lo nombra. Memoria, presente y futuro; lirismo frente a épica, así como un cazador tras su presa, podrían ser algunos de los símbolos que aparecen como partes de un mismo viaje constitutivo.
Nada comparable a la determinación, la firmeza de un cazador en el bosque. Ahora bien, esta deliberada y decidida voluntad, guiada por la audacia, no libera la condición humana de su dependencia; es decir, la necesidad primitiva de cazar para alimentarnos fue, en términos físicos, una de las primeras manifestaciones sustantivas del hombre, que abre y trata de ordenar (dominar) el curso del tiempo. El cazador es uno de los primeros hombres metafísicos.
Todos y cada uno de nosotros saldamos cada día, bajo nuestros límites y deseos, una deuda con el tiempo. El final del viaje, el descanso nocturno, el sueño reparador, la recompensa antes de volver a casa, son algunas de las ilusiones que consuelan nuestra desnudez, razones o justificaciones para el imperativo del sentido último. Decimos que el cazador cobra la presa cuando, tal vez, debiéramos decir que el cazador es consumido, cruelmente en ocasiones, por la misma búsqueda de su trofeo.