Cuando Elena nació era hermosa. De color blanco, cabello y ojos castaños. Su rostro era angelical. Su cuerpo menudo la hacía parecer una muñeca. Pero a medida que el tiempo pasaba y la niña crecía, se fue convirtiendo en una jovencita obesa. Su rostro se hizo redondo. Su familia, compuesta por sus padres y hermanas, sentía vergüenza de ella. Cuando alguien los visitaba en la residencia la escondían o bien la presentaban como la muchacha del servicio. Sus padres nunca salían con ella, mientras que a sus hermanas las mostraban con orgullo. No se preocupaban por la niña que pasaba su tiempo dedicada al estudio, lo cual hacía con ahínco.
Alfonso Guzmán y su esposa Celina Contreras eran millonarios y tenían 10 hijas. Luisa, Piedad, Cristina, María, Isabel, Carlota, Lina, Marcela, Juliana y Elena. Las primeras 9 eran hermosas. Altas, cuerpos bien formados, cabello largo. Unas eran morenas y las otras rubias. Pero la hija número 10 ¡qué fea era! No sabían por qué era tan obesa. Sentían demasiada vergüenza por tenerla. Nunca iban a las reuniones escolares por sus calificaciones. Tanto sus hermanas como los novios de éstas la humillaban y maltrataban. Se burlaban de ella por ser tan fea. A veces hasta le pegaban. La obligaban a realizar casi todas las labores domésticas aunque tuvieran empleadas para ello. Como si quisieran hacerle pagar la fealdad de su pequeño cuerpecito.
Muchas veces le negaban la comida. En otras ocasiones, la hacían tomar píldoras adelgazantes que solo le produjeron una enorme gastritis.
Elena soportaba todos los sufrimientos en silencio. Levantaba su mirada tierna hacia el cielo ofreciéndole al Señor Dios su tormento. Le rogaba que perdonara a su familia. Ya cambiarían y la aceptarían como era.
También le pedía al Señor Dios su permiso para demostrar que ella, a pesar de ser tan fea, tenía un corazón grande y lleno de amor para darles, además, algún día podría serles de utilidad.
Ansiaba de todo corazón que su familia la aceptara. Se desvivía por serviles, aunque solo encontrara su rechazo. Cabizbaja se encerraba en su habitación y lloraba pidiéndole al Señor que los perdonara. Ella no tenía la culpa de ser tan obesa. Algo en su pequeño cuerpecito no funcionaba bien. Pero ¿cómo saberlo si no la llevaban al médico?
Los cumpleaños de Elena pasaban por su corta vida sin pena ni gloria. Nadie los recordaba. Vivía sola encerrada en su mundo de trabajo, silencio y oración.
Alfonso Guzmán y su esposa Celina Contreras eran millonarios y tenían 10 hijas. Luisa, Piedad, Cristina, María, Isabel, Carlota, Lina, Marcela, Juliana y Elena. Las primeras 9 eran hermosas. Altas, cuerpos bien formados, cabello largo. Unas eran morenas y las otras rubias. Pero la hija número 10 ¡qué fea era! No sabían por qué era tan obesa. Sentían demasiada vergüenza por tenerla. Nunca iban a las reuniones escolares por sus calificaciones. Tanto sus hermanas como los novios de éstas la humillaban y maltrataban. Se burlaban de ella por ser tan fea. A veces hasta le pegaban. La obligaban a realizar casi todas las labores domésticas aunque tuvieran empleadas para ello. Como si quisieran hacerle pagar la fealdad de su pequeño cuerpecito.
Muchas veces le negaban la comida. En otras ocasiones, la hacían tomar píldoras adelgazantes que solo le produjeron una enorme gastritis.
Elena soportaba todos los sufrimientos en silencio. Levantaba su mirada tierna hacia el cielo ofreciéndole al Señor Dios su tormento. Le rogaba que perdonara a su familia. Ya cambiarían y la aceptarían como era.
También le pedía al Señor Dios su permiso para demostrar que ella, a pesar de ser tan fea, tenía un corazón grande y lleno de amor para darles, además, algún día podría serles de utilidad.
Ansiaba de todo corazón que su familia la aceptara. Se desvivía por serviles, aunque solo encontrara su rechazo. Cabizbaja se encerraba en su habitación y lloraba pidiéndole al Señor que los perdonara. Ella no tenía la culpa de ser tan obesa. Algo en su pequeño cuerpecito no funcionaba bien. Pero ¿cómo saberlo si no la llevaban al médico?
Los cumpleaños de Elena pasaban por su corta vida sin pena ni gloria. Nadie los recordaba. Vivía sola encerrada en su mundo de trabajo, silencio y oración.