Preludio
Tercera parte
La noche se apoderó de Águilas, pero para los zombis no había descanso. Seguían caminando errantes en varios focos de la ciudad de Águilas. Pero todo el mundo, en esas partes afectadas, estaban escondidos con unos brillantes ojos atisbando por las ventanas cerradas. Los que caminaban detrás de él, aquellos que caminaban con las tripas fuera, arrastrándolas como si fueran largas cadenas que no producían ruido alguno, más que un ligero chapoteo de una gran babosa llena de heces y sangre, seguían caminando.
Las zonas afectadas todavía no llegaba ni a la cuarta parte de la ciudad, por lo que el resto durmió plácidamente antes de prepararse para el día del Carnaval. Pero mientras Diego y Juan trataban de escaparse del Castillo de San Juan en el que estaban atrapados junto al resto, las cosas no tardaron en emporar y nuevas zonas fueron arrebatadas por los lentos pasos de los zombis. Y el Padre Martín ya no estaba solo, con él, estaban el Padre Guillermo y el Padre Isidoro. Y estaban sus enfermeras. Las que inyectarían a los heridos y a los muertos, el suero de la vida, mientras Diego, además de buscar una salida, escuchaba con los demás, de dónde podría proceder toda aquella vorágine, de los labios del misterioso anciano llamado Sebastián.
Porque una cosa estaba clara, ellos ya sabían que eran zombis y en el siglo XI cuando los berberiscos y los turcos atacaron el Castillo que protegía la zona del Al Ándalus, al ver morir a todo su ejército, el entonces Rey Hins A Akila se unió a los templarios y le revelaron el suero de la vida, que volvería a renacer su propio ejército. Después el Rey se inyectó aquel suero...
Tercera parte
La noche se apoderó de Águilas, pero para los zombis no había descanso. Seguían caminando errantes en varios focos de la ciudad de Águilas. Pero todo el mundo, en esas partes afectadas, estaban escondidos con unos brillantes ojos atisbando por las ventanas cerradas. Los que caminaban detrás de él, aquellos que caminaban con las tripas fuera, arrastrándolas como si fueran largas cadenas que no producían ruido alguno, más que un ligero chapoteo de una gran babosa llena de heces y sangre, seguían caminando.
Las zonas afectadas todavía no llegaba ni a la cuarta parte de la ciudad, por lo que el resto durmió plácidamente antes de prepararse para el día del Carnaval. Pero mientras Diego y Juan trataban de escaparse del Castillo de San Juan en el que estaban atrapados junto al resto, las cosas no tardaron en emporar y nuevas zonas fueron arrebatadas por los lentos pasos de los zombis. Y el Padre Martín ya no estaba solo, con él, estaban el Padre Guillermo y el Padre Isidoro. Y estaban sus enfermeras. Las que inyectarían a los heridos y a los muertos, el suero de la vida, mientras Diego, además de buscar una salida, escuchaba con los demás, de dónde podría proceder toda aquella vorágine, de los labios del misterioso anciano llamado Sebastián.
Porque una cosa estaba clara, ellos ya sabían que eran zombis y en el siglo XI cuando los berberiscos y los turcos atacaron el Castillo que protegía la zona del Al Ándalus, al ver morir a todo su ejército, el entonces Rey Hins A Akila se unió a los templarios y le revelaron el suero de la vida, que volvería a renacer su propio ejército. Después el Rey se inyectó aquel suero...