Me habían invitado a una reunión en casa de un amigo, por el motivo de su cumpleaños, me encontraba bebiendo vino blanco y hablando sobre George Orwell con algunos colegas. Era verano por aquel entonces, el calor se deslizaba bajo cada capa de piel, las personas se movían lentamente y parecían más propensas al ocio y al malgaste de las palabras.
Hasta donde alcanzaba mi vista, sólo podía ver a adultos de entre 38 y 60 años; críticos, autores, abogados y de más. Gentes en fin, que había dedicado su vida enteramente a sus áreas y que sólo vivían para hablar sobre la ley de amnistía, los cuadros expuestos en la galería Saatchi o el último libro en el que estaban trabajando. Casi podía verme bostezar antes de darle un sorbo a mi copa, hasta que la vi entre la multitud...
Hasta donde alcanzaba mi vista, sólo podía ver a adultos de entre 38 y 60 años; críticos, autores, abogados y de más. Gentes en fin, que había dedicado su vida enteramente a sus áreas y que sólo vivían para hablar sobre la ley de amnistía, los cuadros expuestos en la galería Saatchi o el último libro en el que estaban trabajando. Casi podía verme bostezar antes de darle un sorbo a mi copa, hasta que la vi entre la multitud...