A tres o cuatro pasos, en señal de saludo, el pordiosero adelantó el cuerpo y se tocó el sombrero, mugroso y deshilachado.
No le contestó; ni siquiera se volvió a mirarlo. Ni desabotonó el saco para despejar el camino hacia la pistola que invariablemente fajaba al cinto. Por eso, no vio venir lo que había temido tanto y tantas veces. No previó que la sumisa reverencia del indigente en un instante devendría en una firme y decidida actitud de ataque, ni advirtió que la mano izquierda, que se había elevado hasta el sombrero para rubricar el gesto, disimulaba una varilla de acero, delgada y puntiaguda, que la mano derecha, como un rayo de muerte, siguiendo una trayectoria ascendente que le atravesó la piel, la carne, el corazón y los pulmones, descargó en su vientre. El mendigo se empinó y mirándolo a los ojos, que acusaban los primeros signos de la muerte, le preguntó:
―¿Se acuerda de mí, comandante?
Luego, extrajo el arma y dio un paso atrás, justo cuando de la boca exageradamente abierta del hombre brotaba un rojizo borbollón de sangre.
Haciendo un esfuerzo de conciencia, el moribundo concentró la mirada y la memoria. ¿Qué encontró en aquellos ojos, pardos por la hora, que lo miraban fijamente? Nunca lo pudo decir, porque se desplomó pesadamente, sin vida, sobre la banqueta dura y fría.
No le contestó; ni siquiera se volvió a mirarlo. Ni desabotonó el saco para despejar el camino hacia la pistola que invariablemente fajaba al cinto. Por eso, no vio venir lo que había temido tanto y tantas veces. No previó que la sumisa reverencia del indigente en un instante devendría en una firme y decidida actitud de ataque, ni advirtió que la mano izquierda, que se había elevado hasta el sombrero para rubricar el gesto, disimulaba una varilla de acero, delgada y puntiaguda, que la mano derecha, como un rayo de muerte, siguiendo una trayectoria ascendente que le atravesó la piel, la carne, el corazón y los pulmones, descargó en su vientre. El mendigo se empinó y mirándolo a los ojos, que acusaban los primeros signos de la muerte, le preguntó:
―¿Se acuerda de mí, comandante?
Luego, extrajo el arma y dio un paso atrás, justo cuando de la boca exageradamente abierta del hombre brotaba un rojizo borbollón de sangre.
Haciendo un esfuerzo de conciencia, el moribundo concentró la mirada y la memoria. ¿Qué encontró en aquellos ojos, pardos por la hora, que lo miraban fijamente? Nunca lo pudo decir, porque se desplomó pesadamente, sin vida, sobre la banqueta dura y fría.