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    Muerte Blanca. El muchacho de los ojos grises VIII (Spanish Edition)

    Por Juan Dresán

    Sobre

    PRÓLOGO
    En el relato número uno de “El muchacho de los ojos grises”, Daniel nos habla de un bello muchacho rubio y de ojos color ceniza. Lo hace de tal manera que no nos queda claro si lo que narra forma parte de un sueño que se repite habitualmente o si es víctima de algún engaño de este personaje misterioso.
    Nada es lo que parece. Daniel puso un anuncio en internet para alquilar una de las dos habitaciones de su casa. Después de descartar algunos aspirantes, sin saber como ni por qué, le dio el visto bueno a este joven por el que se siente subyugado desde el momento en que corre la mirilla de su puerta de calle y ve esos hermosísimos ojos grises.
    En sus ensueños ve una y otra vez a este bello joven, de cuerpo escultural, cabello sedoso y sonrisa cautivadora. Lo que no tiene claro es si es realidad o ficción lo que vive. El protagonista de sus pesadillas al que ama y detesta a la par parece haberse instalado además de en sus ensueños, en su casa.
    Durante el día Daniel trabaja y se olvida de sus sueños y de su inquilino, Edward. Este parece que trabaja por la noche y duerme durante el día, mientras que Daniel trabaja durante todo el día y al llegar a casa lo único que hace es ver un rato la tele cenar, ver la tele de nuevo e irse a dormir, tal vez con la insana intención de seguir disfrutando de los sueños o pesadillas que toquen.
    En lugar de llevarse un libro, Daniel a la cama se lleva sus deseos de soñar, de escapar a un mundo de ficción en el que todo puede suceder.
    Aunque por su aspecto, aparentemente descuidado, pueda parecer un ser anárquico y caótico, Daniel es muy perfeccionista en todos sus movimientos. Casi simula a un androide que repite mecánicamente, cada atardecer los mismos movimientos. Llega a casa y se desnuda por completo, echando toda la ropa en la cesta para lavar, como si se despojara con ella de todo lo que el día le ha manchado en su inmaculada presencia. Desnudo y descalzo se mete en la ducha, en la que permanece durante exactamente veinticinco minutos, bajo el agua caliente. Se enjabona tres veces y tres veces se aclara. Y otras tres veces por semana se masturba, mientras lo hace, los lunes miércoles y viernes. Los sábados descansa en sus onanismos a la espera de una posible relación sexual con alguien en sus escapadas a Chueca y si no hay sexo el sábado por la noche, se mantiene puro hasta el domingo al atardecer en el que acude a su sauna preferida. Es en la sauna donde da rienda suelta a sus salvajes instintos y se deja poseer entre vapores por tres jóvenes a los que elige de entre los chaperos de la sauna.
    El sexo en la sauna, que suele ocurrir cada tres domingos, es el único vicio que se permite. No bebe ni fuma, ni toma ningún tipo de drogas. En estos encuentros sexuales hace de todo y se deja hacer. Lo que no permite nunca es que nadie, absolutamente nadie le bese en el cuello.
    En una ocasión un mulato de carnes morenas, claro, intentó morderle en el cuello. En esa ocasión, Daniel hizo gala de sus clases de autodefensa contra violaciones y le propinó un codazo al mulato que le hizo saltar, casi, un diente y le partió el labio inferior, del que emanó sangre. Ahí le pidió disculpas y por primera vez se dejó besar en la boca, cosa a la que nunca daba acceso. Chupó la sangre de la herida que manaba caliente y proporcionó al joven dominicano un orgasmo que tardaría en olvidar, mayormente por los cien euros que Daniel le pagó en compensación por el golpe.
    El problema fue que Daniel se aficionó al Sadomasoquismo después de este altercado. Desde entonces no disfrutaba con el sexo digamos normal o convencional. En cada encuentro en la sauna pedía más y buscaba provocar a los chaperos para que le pegaran y así tener una excusa para golpearles hasta hacerles sangrar y chupar su sangre. Y así fue como llegó a tener las pesadillas que le despertaban a medianoche y al amanecer. Tanto miedo tomó de verse solo en esa casa de dos plantas que decidió alquilar la habitación vacía.
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