Sabía que se dedicaba a escribir en horas libres; intenté abordarlo en varias ocasiones, pero al tenerlo de frente seguía de largo
-¿Qué le digo? ¿Cómo le pregunto?
A él le gusta la poesía, no creo que se interese por el periodismo de investigación, me decía para mis adentros.
Una madrugada, en el transporte del periódico, rumbo a casa después de una larga jornada laboral entre letras y tinta, le consulté cómo hacía para publicar un libro, le dije que estaba escribiendo algunas cosas y que me gustaría me explicara cómo era el mundo editorial.
-¿Ah, sí? ¡Excelente! ¿Y de qué trata?
Me arrimé junto a él y entre el movimiento del jeep -casi susurrándole- le dije que sobre la infertilidad.
- ¿Infertilidad, dices?, -Sí, sí, te explico. Conozco de muchos amigos y familiares que no pueden tener hijos, pero se lo ocultan a los demás por pena, tú sabes que ese es un tema tabú en Venezuela; me explayé contándole la historia para lograr interesarlo y que me explicara cómo era el asunto de la publicación.
- No es un tema sencillo –seguí hablando- y menos si se trata de la infertilidad masculina, dije bajando la voz.
¡Karen, Karen! Me interrumpió. – Me agrada tu punto. Acá no se trata de cómo haces para publicar un libro, sino de la pasión con la que escribes, eso te garantiza el éxito.
Él bajó aún más el tono de voz, casi no le escucho decir: “Yo soy estéril, mi esposa me abandonó porque no pude darle hijos”.
-¡Llegamos! Dijo el chófer.
Él se asomó por la ventana del carro en movimiento y me aconsejó casi como una súplica: “Escribe, hay quienes necesitamos leer eso que vas a decir”.
Abrí, entré a la casa y lloré toda la noche, porque hubo allí una conexión espiritual que ya no cesó hasta que esto que se llama “Relato de una espera” fue un hecho. Y conste que me resistí, pero si la vida me quiere escritora, no me puedo oponer.
No, no nació con pretensiones de querer ser un libro, sino más bien un diario personal, pero no tan formal, una suerte de catarsis mejor. Toda vez que empecé a sentirme incómoda cuando la gente se me acercaba para preguntarme por qué no tenía hijos si ya estaba casada, graduada, con casa, carro y mascota.
Primero les sonreía; bueno, no era una sonrisa tampoco, más bien una mueca cortés tras alegar que lo estábamos intentado.
Así fueron los primeros años, hasta que desapareció la sonrisa y la mueca cortés, en su lugar surgieron respuestas programadas como esta que me sigue dando resultados hoy: “Un día de éstos cuando Dios quiera”. Y como nadie sabe cuándo es que Dios quiere, dejan de preguntar.
Entonces decidí escribir para dejar constancia de que los matrimonios sin hijos sufrimos ante la incomprensión, en silencio, ante un anhelo que no se satisface con un gato. Lo comparé a una espina enconada que por instantes se olvida pero que basta el mínimo movimiento para recordarte que el dolor sigue allí y que no se irá, que quizá haya que conformarse con ser los eternos tíos.
Luego, una mañana, me levanto optimista y digo que escribir es una vía, porque significa hablar sin ser interrumpidos y echo mano de recursos literarios para decirle a la gente que mi esposo y yo formamos parte de las estadísticas, que queremos pero no podemos. Que no sientan lástima por nosotros, que eso no contribuye, que sirvan más bien de trampolines que nos impulsen a desbordar ese amor contenido.
Me pidieron un prólogo; redacté varios correos ilusionada con que tal vez esas personas a quienes yo consideraba ideales pudieran hacerlo por mí. De esos emails no recibí respuestas, entonces agarré lápiz y papel y empecé a revolver el abecedario. Googlé cómo se hacía uno, hojeé Fahrenheit 451 y Casas Muertas de Miguel Otero Silva, para ver cómo lo hacían los grandes. El olor de la guayaba de García Márquez y Apuleyo Mendoza también lo revisé, pero terminé haciendo otra cosa. Esto que les presento y que espero comprendan y disfruten.
-¿Qué le digo? ¿Cómo le pregunto?
A él le gusta la poesía, no creo que se interese por el periodismo de investigación, me decía para mis adentros.
Una madrugada, en el transporte del periódico, rumbo a casa después de una larga jornada laboral entre letras y tinta, le consulté cómo hacía para publicar un libro, le dije que estaba escribiendo algunas cosas y que me gustaría me explicara cómo era el mundo editorial.
-¿Ah, sí? ¡Excelente! ¿Y de qué trata?
Me arrimé junto a él y entre el movimiento del jeep -casi susurrándole- le dije que sobre la infertilidad.
- ¿Infertilidad, dices?, -Sí, sí, te explico. Conozco de muchos amigos y familiares que no pueden tener hijos, pero se lo ocultan a los demás por pena, tú sabes que ese es un tema tabú en Venezuela; me explayé contándole la historia para lograr interesarlo y que me explicara cómo era el asunto de la publicación.
- No es un tema sencillo –seguí hablando- y menos si se trata de la infertilidad masculina, dije bajando la voz.
¡Karen, Karen! Me interrumpió. – Me agrada tu punto. Acá no se trata de cómo haces para publicar un libro, sino de la pasión con la que escribes, eso te garantiza el éxito.
Él bajó aún más el tono de voz, casi no le escucho decir: “Yo soy estéril, mi esposa me abandonó porque no pude darle hijos”.
-¡Llegamos! Dijo el chófer.
Él se asomó por la ventana del carro en movimiento y me aconsejó casi como una súplica: “Escribe, hay quienes necesitamos leer eso que vas a decir”.
Abrí, entré a la casa y lloré toda la noche, porque hubo allí una conexión espiritual que ya no cesó hasta que esto que se llama “Relato de una espera” fue un hecho. Y conste que me resistí, pero si la vida me quiere escritora, no me puedo oponer.
No, no nació con pretensiones de querer ser un libro, sino más bien un diario personal, pero no tan formal, una suerte de catarsis mejor. Toda vez que empecé a sentirme incómoda cuando la gente se me acercaba para preguntarme por qué no tenía hijos si ya estaba casada, graduada, con casa, carro y mascota.
Primero les sonreía; bueno, no era una sonrisa tampoco, más bien una mueca cortés tras alegar que lo estábamos intentado.
Así fueron los primeros años, hasta que desapareció la sonrisa y la mueca cortés, en su lugar surgieron respuestas programadas como esta que me sigue dando resultados hoy: “Un día de éstos cuando Dios quiera”. Y como nadie sabe cuándo es que Dios quiere, dejan de preguntar.
Entonces decidí escribir para dejar constancia de que los matrimonios sin hijos sufrimos ante la incomprensión, en silencio, ante un anhelo que no se satisface con un gato. Lo comparé a una espina enconada que por instantes se olvida pero que basta el mínimo movimiento para recordarte que el dolor sigue allí y que no se irá, que quizá haya que conformarse con ser los eternos tíos.
Luego, una mañana, me levanto optimista y digo que escribir es una vía, porque significa hablar sin ser interrumpidos y echo mano de recursos literarios para decirle a la gente que mi esposo y yo formamos parte de las estadísticas, que queremos pero no podemos. Que no sientan lástima por nosotros, que eso no contribuye, que sirvan más bien de trampolines que nos impulsen a desbordar ese amor contenido.
Me pidieron un prólogo; redacté varios correos ilusionada con que tal vez esas personas a quienes yo consideraba ideales pudieran hacerlo por mí. De esos emails no recibí respuestas, entonces agarré lápiz y papel y empecé a revolver el abecedario. Googlé cómo se hacía uno, hojeé Fahrenheit 451 y Casas Muertas de Miguel Otero Silva, para ver cómo lo hacían los grandes. El olor de la guayaba de García Márquez y Apuleyo Mendoza también lo revisé, pero terminé haciendo otra cosa. Esto que les presento y que espero comprendan y disfruten.