Un circo de pueblo. Un día es abandonado allí un niño, hijo de un árabe que nadie conocía, junto a dos gruesos libros antiguos, Las mil y una noches. La trapecista del circo se lesiona, se aprende las historias de memoria y empieza a contarlas al público, en un número de circo jamás antes visto, en un acto de magia que dará vida a los libros hasta confundir el árabe y ella misma sus roles en el mundo de la verdad y de la ilusión.
“Vi la tierra que levantaba la carreta del árabe al alejarse del circo y luego observé al niño y le tendí una mano que él tomó enseguida. Me sorprendió que no mirara el polvo que dejaban los caballos de su protector ni que preguntara por qué lo dejaban solo, o dónde estaba su mamá, si es que la tenía. No le importaba nada. Sólo tenía ojos para el circo y para mí, porque yo era el circo y sería Sherezade”.
“Vi la tierra que levantaba la carreta del árabe al alejarse del circo y luego observé al niño y le tendí una mano que él tomó enseguida. Me sorprendió que no mirara el polvo que dejaban los caballos de su protector ni que preguntara por qué lo dejaban solo, o dónde estaba su mamá, si es que la tenía. No le importaba nada. Sólo tenía ojos para el circo y para mí, porque yo era el circo y sería Sherezade”.